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A RAPA DAS BESTAS

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A RAPA DAS BESTAS

El Mundo del Caballo nº 081

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1. Introducción

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Mediodía. Alrededor de cien caballos salvajes se atrincheran en un cerco de Domaio, un pequeño pueblo de la península de O Morrazo, en la provincia gallega de Pontevedra. Aquí, por segunda vez se celebra una Rapa das Bestas o curro. Una tradición que consiste en rapar a los caballos salvajes, desparasitarlos, domarlos y venderlos para el consumo humano o la crianza, y que aglutina por todo Galicia a aficionados, ganaderos y amigos de estos animales durante los meses de mayo a agosto.

La fiesta del curro o Rapa das Bestas, todo un espectáculo, empieza con la batida de los caballos de los montes para bajarlos al corral, un cerco vallado de tamaño proporcional a las cabezas de equino. En este curro, un centenar de caballos, potros y caballos jóvenes, yeguas y unos pocos machos, trotan nerviosos y desconcertados. El curro consta de tres corrales: el primero, cumple la función de acurrar a todo el ganado que participará en el ritual; el segundo, más pequeño, sirve para separar a los potros de la manada; y el tercero, el más grande, es donde se llevará a cabo el curro.
El ganado que participa en el curro pertenece a una serie de propietarios que acuden a la rapa para identificar a los ejemplares, recoger la crin, que se comercializa en el mercado y, por último, destinar algunos de los caballos a la venta. “Primero se les quita la tranca, un cepo de madera que se les pone en las patas para evitar que escapen del monte”, explica Julio Bermúdez Pérez, presidente de la asociación Cabalar Monte Gagán, que organiza el evento.
La tranca es objeto de críticas por su supuesto maltrato hacia los animales y lo que la organización revindica desde hace tiempo a la Xunta de Galicia. “Estamos esperando que se aprueben unas subvenciones para poder delimitar el monte (les tocan 3 hectáreas de terreno por caballo) y así olvidarnos de trancas y que los caballos puedan correr sin peligro”, añade.

TROTANDO EN CÍRCULO
Y, ya sin trancas, es cuando empieza la acción. Los aloitadores, como se llama a todo aquel que participa en el curro, obligan a los caballos a trotar en círculo, observándoles y eligiendo a los potrillos más jóvenes, que tendrán que separar de la manada para poder desparasitarlos.
Hoy en día, casi todos los potros lechales y las yeguas de desecho que se venden son para el matadero. Empieza la carrera, aloitadores y potro corren. El público, alrededor de doscientas personas, grita jubiloso animando al aloitador; éste alcanza, no sin esfuerzo, al potro, que desesperado trata de zafarse y lo consigue, y el aloitador cae al suelo. Se levanta al instante.
A los pocos segundos, el potro, en un despiste o por la inexperiencia atribuida a su juventud, se separa de la manada, y el aloitador aprovecha este momento de debilidad y se abalanza sobre él. Esta vez la lucha es excesivamente desigual, seis a uno, y el joven animal se desploma sin aliento en el suelo.

LA CRIN CAE SOBRE EL TERRENO
Tijera en mano, el aloitador despoja al potro de la crin mientras éste relincha sin probabilidad ninguna de volver a liberarse, y la crin cae sobre el terreno. Finalmente, el potrillo ya erguido, es conducido a un recinto más pequeño, vallado y adyacente al de sus progenitores, donde otro aloitador le exfolia con un desparasitador que deja al caballo libre de garrapatas.
La manada vuelve a trotar en círculos, pisándose unos a los otros; otro potro vuelve a despistarse y ¡zas! El aloitador lo amarra con sus manos, tapándole los ojos, otro lo coge del rabo, el animal se rebela pero otros dos pares de brazos le sujetan del lomo, y cae. Un momento de silencio, no se ve al potro ni se distingue a un aloitador del otro, sólo se alcanza a ver un amasijo de brazos robustos y en tensión.
En cuestión de segundos, el potro se levanta, reluciente del sudor, y la crin densa, de un negro azabache, cae al suelo. Ya hay dos potrillos en el corralito. Y la verdad es que en cuestión de minutos el número de potros va aumentando: tres, cuatro, ocho…

EL CABALLO, UN ALIADO DEL MONTE
Para Julio Bermúdez “el caballo es el amigo del hombre y necesario para pasterizar el monte en unos tiempos donde ya no hay vacas”. Recuerda más de una veintena de años de tradición de las rapas y confía que haya una tercera y más en estos montes. De repente, en el aire de estas tierras empieza a filtrarse un olor inconfundible en Galicia: pulpo.
Ha llegado la hora de comer y aloitadores y público hacen un alto para llenar los estómagos. A este cetáceo se le acompaña con vino albariño, sin olvidarse del chorizo y del jamón.

EMPIEZA LA FIESTA GRANDE
Tras el merecido descanso, los aloitadores saltan al curro y empieza la fiesta grande. Se acabaron los potros y empiezan los caballos, más bravos y resistentes. El proceso es el mismo, sólo que a éstos no se les separa ni se les desparasita. Primero, son identificados por sus propietarios y algunos puestos a la venta.
Antaño, servían de ayuda al hombre en el campo; en la actualidad, los lugareños los utilizan para la crianza o los domestican y usan como medio de transporte. “Un potro cuesta unos 150 euros mientras que un caballo alcanza los 200 euros”, explica Pepe, un aloitador veterano que no quiere decir cuántos caballos tiene. “Apunta una decena”, dice otro aloitador amigo suyo. Pepe se encarga de identificar a los equinos con una vara de madera y, acto seguido, los aloitadores corren a batirlos en una lucha más igualitaria en fuerza pero con el mismo desenlace: el caballo cae al suelo, es despojado de la crin y es marcado con hierro candente con diferentes marcas, según el comprador.
Por lo general, los hierros que emplean los ganaderos son la inicial de su nombre o apellido, el número que les identifica en la sociedad e, incluso, utilizan anagramas figurativos. Pepe explica, también, cómo hay que evaluar la calidad de un caballo. “Hay que fijarse en los dientes. Así sabremos qué edad tiene. Hasta los cuatro años se le caen los dientes. A los 2 años le faltan los incisivos, a los 3 los colmillos y a los 4 las molares. A partir de esa edad se sabe por las estrías del interior de los dientes”. “Todos los caballos que participan en el curro pasan por un control veterinario y tienen su correspondiente cartilla que verifica la salud del ejemplar”, continúa Julio Bermúdez.

HASTA BIEN ENTRADA LA NOCHE
Ya llevan unas horas de curro y el único que no flojea a estas alturas es el público, que sigue rabiando de júbilo con los aloitadores. Los caballos y estos últimos están agotados. La tierra, antes firme, es ahora un revoltijo de arena, pisoteada en millares de ocasiones y revuelta por las luchas.
Pero el curro continúa, y hasta la entrada de la noche no dan por acabada la fiesta. El balance de ventas, sin embargo, no es alto: 6 potros vendidos y 8 caballos para el penúltimo curro de la provincia; la manada restante volverá a los montes.

TRAS LOS INCENDIOS
El año pasado, los incendios asolaron Galicia y, más concretamente, la provincia de Pontevedra (Sierra da Groba) donde se desarrollan la mayoría de los grandes curros. Estos fuegos afectaron gravemente a las manadas de caballos que suelen vivir en los montes de la zona y alrededores, poniendo en peligro, de este modo también, la celebración de la fiesta de Rapa das Bestas.
Pero aunque finalmente ésta sí pudo celebrarse, lo hizo no sin dejar un sabor de boca agridulce entre los participantes por los muchos caballos que faltaron, este verano, a su cita con el curro.

COMARCA DE O MORRAZO
Provincia: Pontevedra
Capital: Cangas
Superficie: 140,1 km²
Población: 81.228 habitantes
La comarca de O Morrazo (en Pontevedra) está situada entre las Rías de Vigo (al Sur) y Pontevedra (al Norte). Con forma de península que se adentra ligeramente en el océano Atlántico, se trata de la comarca más pequeña en extensión de Galicia, y una de las cinco más densamente pobladas. Forman la Comarca de O Morrazo los siguientes cuatro municipios: Bueu, Cangas, Marín y Moaña. O Morrazo destaca por su privilegiado emplazamiento entre el mar y la montaña, disponiendo de valiosos ecosistemas como la Sierra de Domaio donde se desarrolla el curro de este reportaje.

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