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GALOPES DE ENTRENAMIENTO

GALOPES DE ENTRENAMIENTO

El Mundo del Caballo nº 080

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Una de las imágenes más idealizadas del deporte de las carreras de caballos es el galope, cronómetro en mano, del purasangre al amanecer. Un ejercicio sacrificado y concienzudo para obtener el mayor

La preparación y el entrenamiento del caballo de carreras es una ciencia compleja. El purasangre no es una máquina y, como cualquier ser humano, es susceptible de no explotar sus buenas condiciones en la competición. Para eso se prevé un plan de trabajo, siempre muy temprano por la mañana, con los primeros rayos desesperezándose y las brumas acosando. Sobre pistas de arena, con pocos espectadores, muchos bostezos y el crono en la mano. Pero, sobre todo, con un alto grado de exigencia, que tiene como fin la llegada del animal al hipódromo con las máximas garantías de éxito. El caballo destinado a las carreras comienza a entrenar cuando cumple su primer año. Primero se le pone la montura para que vaya acostumbrándose a ella y, poco a poco, cuando se habitúa, se sube el jockey para que el animal se familiarice con él. Si su jockey sabe montar, tendrá en sus manos un caballo fácil de conducir que responderá muy bien a sus órdenes.

MONTAS MEDIDAS
Los galopes de entrenamiento se inician con las primeras luces del amanecer. El objetivo está claro: preparar al animal para realizar un esfuerzo determinado en donde desarrolla toda su velocidad intentando cubrir una distancia sin cansarse y sin llegar a tal punto de agotamiento que pueda acusarlo físicamente. Y, repetimos, con el objetivo que emplee al máximo su mecanismo de defensa: la velocidad, un fin único en sí mismo, ya sea para carreras de corta distancia, como para largas; al final, gana aquel caballo que estando bien entrenado sea capaz de cubrir la distancia de la carrera en un tiempo menor que sus adversarios. El entrenamiento consiste, principalmente, en galopes diarios sobre distancias que pueden variar entre los 2.000 y los 3.500 metros, combinado con ejercicios de velocidad sobre distancias más cortas, como son 300, 500 u 800 metros. A medida que el caballo se va acondicionando, el nivel de exigencia del mismo debe ir aumentando gradualmente. Este aumento progresivo es lo que permite que el caballo adquiera su adaptación física y mental al ejercicio. Lograr que el caballo alcance su nivel más alto no es fácil. El entrenamiento excesivo, no controlado, denominado popularmente como “overtraining”, puede debilitar y provocar el colapso de los principales sistemas corporales del animal, causándole trastornos como inapetencia, depresión y, quizá lo más importante, lesiones de su sistema locomotor (múltiples luxaciones de tendones, rodillas o ligamentos). Sólo un buen acondicionamiento de este sistema mejora el desempeño del caballo durante el trabajo diario, pero también da a los miembros la estabilidad necesaria para soportar no únicamente su propio peso, sino también el del jinete, que al final de la carrera, en el animal fatigado, se multiplica varias veces causando lesiones. Todo ello supone que el acondicionamiento físico del caballo implique cambios a nivel cardiorrespiratorio y músculo esquelético para que estos sistemas sean más eficientes durante el ejercicio, además de un cambio de conducta que permita la adaptación del animal a los niveles de exigencia que impone la pista de un hipódromo sin provocar ningún tipo de colapso del mismo.

TIPOS DE EJERCICIOS
El doctor Carlos M. Corvalán, prestigioso preparador argentino que estuvo entrenando en los años ochenta en nuestro país, ofreció hace años una ponencia sobre el entrenamiento del caballo de carreras. En la misma indicaba que existían ejercicios suaves y ejercicios más movidos. Su argumento es que entre un galope normal, alegre, liviano o largo, la diferencia estriba en la velocidad. Pero, cuidado: no es matemático. El uso del cronómetro ayuda ofreciendo una orientación de la velocidad que lleva el animal cada cierta cantidad de metros marcados como pauta. Hoy se ha impuesto el cánter como práctica habitual para designar el galope corto de calentamiento que hacen los caballos antes de la carrera. Muchos entrenadores dividen el entrenamiento diario en tres categorías, de menor a mayor intensidad del galope: cánter jaca, cánter normal o cánter abierto. Las partidas (breezes, en Estados Unidos), en cambio, son ejercicios que se desarrollan a ritmo de carrera, sobre distancias que varían entre los 200 metros y el 50% de la distancia que vaya a correr el équido. Éstas pueden desarrollarse a voluntad del caballo; es decir, “en mano” o con la máxima exigencia, en donde el jinete arrea enérgicamente al animal e, incluso, llega a hacer uso del látigo como estímulo en los ejemplares que lo necesiten. Como meros ejemplos, citaremos que, tomando como base los 500 metros, un galope alegre se puede pasar en 38-40 segundos; un galope liviano, en 34-36 segundos, y un galope largo entre 31-32 segundos. Estos ejercicios se pueden hacer de forma progresiva o continua. El entrenamiento progresivo precisa de mucho más tiempo para lograr la forma del caballo. Deberá ir pasando de etapa en etapa, o sea, de galopes más suaves a otros más enérgicos, con la misma fatiga.
En cambio, un entrenamiento continuo permite pasar de un galope estándar a las partidas o breezes. Estas partidas, normalmente dos por semana, son exigentes y extenuantes. El animal se fatiga menos a medida que se suceden unas a otras, hasta llegar a su grado de forma. Por último, está el “interval training”, un entrenamiento muy duro propio de los purasangres fuertes y más resistentes. El preparador que escoge esta modalidad lohace para caballos que corren por encima de la milla. La mecánica es bien sencilla: ejercicios medianos o intensos, separados entre sí por breves periodos de recuperación, y que deben utilizarse para controlar el pulso y la respiración.

CON VISTAS A LA CARRERA
No será lo mismo entrenar a un “viejo” de 4 o 5 años que a un “clásico” de 3 años, y menos, todavía, a un potro por debutar. Tampoco si se trata de una carrera de grupo, si se trata de una reaparición o de un debú. Siguiendo la ponencia del doctor Carlos M. Corvalán, pues “cada maestrillo tiene su librillo”, podemos tomar como ejemplo el entrenamiento de un potro de dos años para debutar sobre una distancia no superior a los 1.400 metros. Es preciso un plazo de entre 90 a 150 días para tenerlo listo para su primera carrera en el hipódromo. Los primeros meses, las vueltas al trote, calentamientos, galopes y paseos preceptivos se imponen en la preparación del animal de lunes a sábado, dejando el domingo como día de descanso. Partiendo de la base de que ya ha transcurrido ese tiempo (de 90 a 150 días), y que el potro está en condiciones de trabajar fuerte, una semana tipo podría ser así:
Lunes: partida (breezes) sobre 400 metros.
Martes: caminar de 30 a 60 minutos.
Miércoles: galope sobre 1.600 metros. Jueves: galope sobre 3.200 metros.
Viernes: galope sobre 3.200 metros.
Sábado: partida (breezes) sobre 400 metros.
Domingo: descanso.
Después se va endureciendo el entrenamiento y ajustando los cronómetros. Llegan las partidas más largas, siempre 200 metros por debajo de la distancia de la carrera, y comienza a diferenciarse la necesidad entre preparar una carrera de distancia corta, mediana o larga, según si el caballo es sprinter, millero o fondista.

MANTENER LA FORMA
Tras disputar la carrera, y siempre que no acuse el esfuerzo y se alimente con normalidad, se deja que el purasangre descanse uno o dos días, caminando a la mano. El tercer día inicia un entrenamiento de trote de dos días, calentamiento y galope al siguiente. Al sexto o séptimo de la carrera completa su primera semana con un galope alegre de 400 a 800 metros. Cuando surgen problemas de fatiga, tanto antes como después de la carrera, el preparador debe cuestionarse el tipo de entrenamiento que ha aplicado al ejemplar. El veterinario hará su diagnóstico, pero no siempre asegurará la explicación de su anómalo comportamiento. Y es que ya se sabe: todos los grandes caballos, como muchos cracks del deporte, pueden tener un mal día... ?

CHANTILLY: LA FACTORÍA FRANCESA DEL CABALLO
El centro de entrenamiento francés de Chantilly es uno de los más grandes del mundo, con 120 kilómetros de caminos, 120 hectáreas de césped y 12 kilómetros de recorridos con obstáculos. Además, sus caballos de pura raza están muy solicitados: 2.600 purasangres montados por 800 jinetes y dirigidos por 99 entrenadores. Aquí el entrenamiento acostumbra a dividirse en tres fases: el despertar muscular, la musculación, que se termina con los cánters (galopes constantes), y la respiración (una sucesión de galopes rápidos y saltos cortos en 1.200 metros). En este centro de entrenamiento, que ocupa 400 hectáreas, el 70% de los que corren por sus terrenos acuden a las carreras más prestigiosas. Puede verse como un yearling (potro de 18 meses) inexperto se transforma en poco tiempo en un campeón de la velocidad. Este lugar debe su historia a una apuesta. El príncipe Lobanoff, los señores de Plaisance, de Normandía y de Wagram, asiduos de Chantilly, se retaron en el césped de las grandes caballerizas: 100 luises (la moneda francesa de la época) al primero que llegase a la entrada. Aunque la historia haya olvidado el nombre del ganador (el señor de Normandía), esta experiencia permitió descubrir un terreno suave como el terciopelo, ideal para construir un hipódromo. Desde la primera carrera, admirada por 30.000 personas en 1834, este feudo de los Rothschild, y luego del Aga Khan, es el centro de toda admiración. Cada día del año, al amanecer, el eco de los cascos resuena por todos sus rincones. El ejercicio es cotidiano, exigente pero ineludible para quien quiere un día brillar en la pista de un hipódromo. El de Chantilly se creó en 1834, junto al bosque, delante de las grandes caballerizas del castillo. De abril a septiembre es el teatro de los grandes premios, con dos importantísimas carreras: el Prix Diana y el Prix Jockey Club.

VENCER EN UN CÁRTER
Cuando un caballo gana con extrema facilidad una carrera se utiliza la expresión “ha vencido en un cánter”. La palabra sajona “canter”, que proviene del Condado de Canterbury (Inglaterra), era el ritmo que imponían a sus cabalgaduras los caballeros al pasar delante de las damas para hacerse notar. También se empleaba para definir el paso de galope ligero, típico de los peregrinos que se dirigían a este condado. Hoy, con este galope de entrenamiento, los jockeys y amazonas se dirigen momentos antes de la carrera hasta los cajones de salida. Los aficionados, tras estudiar su aspecto y comportamiento en el paddock, siguen atentamente el cánter como paso final en la decisión de sus apuestas.

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